Perspectiva y refugio

Reflexiones sobre el ambiente y clima de la sesión terapéutica

No es tan fácil como parece describir en qué consiste una sesión de psicoterapia, en el sentido de discriminar qué es exactamente eso que ha tenido un efecto terapéutico. Por un lado, las corrientes con mayor evidencia científica describen técnicas concretas que demuestran un impacto positivo en el sufrimiento de las personas. Por otro lado, cada vez más estudios ponen el énfasis en que lo realmente terapéutico y sanador es la relación entre paciente y terapeuta, ya que esta relación puede articularse y construirse para explorar otras maneras de relacionarnos y estar en el mundo. Muchos estudios confirman que lo terapéutico es el vínculo entre paciente y terapeuta. Esta propuesta implica que puedan ser terapéuticas, algunas maneras de abordaje que aún no tengan demasiada evidencia, o que la técnica o la corriente concreta no sería lo más significativo. En cualquier caso, el debate sigue abierto.

Hoy quiero centrarme más bien, en dos elementos que para mí son fundamentales como parte de un proceso, que entiendo muy interesantes en el transcurso de las sesiones, y que tomo prestadas del ámbito paisajístico. Y estas cuestiones son la perspectiva y el refugio.

En los paisajes, podemos encontrar diferentes estímulos y sensaciones en función de nuestros gustos, y también de nuestras necesidades y circunstancias. Así, algunas personas disfrutan especialmente de aquellos hábitats, paisajes, situaciones, que les ofrecen la posibilidad de la perspectiva. Paisajes abiertos, como el mar, lo alto de un pico montañoso, el desierto, subir a la azotea de un rascacielos, la sabana, volar en avioneta… nos estimulan entre otras cosas porque nos ofrecen una visión y una perspectiva amplia, que nos conecta con el placer de mirar, de ver. Y esta posibilidad de mirar forma parte importante de la experiencia, disfrutar “las vistas”. Al mismo tiempo, algunas de estas situaciones suelen implicar que estemos a su vez muy expuestos y expuestas.

Otras personas disfrutan más en aquellos paisajes o situaciones que les ofrecen la posibilidad de refugio. Entrar en un bosque frondoso, una cueva, un lugar más pequeño y recogido, un refugio de montaña, la intimidad de una chimenea, una ermita, donde esconderse y sentirse a resguardo de lo de fuera. Son lugares donde no tendremos grandes vistas, y a la vez, precisamente por eso, las personas podemos sentirnos protegidas de ser vistas.

La Teoría del Hábitat que desarrolló el geógrafo Jay Appelton en la década de los 70 del siglo XX, describe nuestra preferencia natural por entornos que combinen ambos aspectos, refugio y perspectiva, lo que ha influido en el diseño de los jardines como hábitats en parte naturales y en parte artificiales, creados para nuestro disfrute.

Y en estas dos sensaciones o experiencias, pienso cuando entro a mi despacho y me preparo para el encuentro con la persona que está a punto de llegar. Porque también así lo siento yo cuando acudo a sesión con mi terapeuta.

Me gusta pensar que las sesiones terapéuticas son una situación parecida a un paisaje, que a pesar de lo estable del mobiliario, es cambiante cada vez. Pienso que en ese encuentro, las personas podemos contemplar con una perspectiva diferente aquello que nos trae a sesión, tener otra visión, mirar desde otro lugar, enfocarlo de otra forma, mirarnos también a nosotras mismas con una mirada y una perspectiva novedosa, aunque eso incluye también, cómo no, la experiencia de estar expuestas y ser vistas en la situación terapéutica. Ir a terapia y poder ver aquello que no vemos fácilmente, porque estando demasiado cerca, podemos perder la perspectiva. A veces creo que voy a terapia para aprender a mirar y a mirarme.

También pienso que para que esta experiencia pueda darse, seguramente sea necesaria también la experiencia y la sensación de refugio. Creo que una parte importante de lo potente de las sesiones de terapia, tiene que ver con que juntas, ambas personas consigamos alcanzar un clima de intimidad y confianza, que convierta ese espacio y ese momento en un lugar seguro, un paréntesis donde sentirnos a refugio de lo de fuera y así, con más seguridad y menos riesgo, atrevernos a confiar, a mostrarnos y a mirar.

Ojalá, en los procesos que acompaño, las personas experimenten que juntas creamos un paisaje compartido, donde pueden estar presentes la perspectiva y el refugio, y que esas sensaciones nos acompañen fuera, en nuestro estar en el mundo.

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