Hace unos días, Manuel Jabois contaba en la radio la anécdota del tenista alemán Alexander Zverev cuando ganó la final del US Open. Estaba tan concentrado en seguir jugando que, durante unos instantes, no se dio cuenta de su victoria. La reflexión que hacía Jabois con respecto a ello era que a veces, en el mundo de hoy, confundimos ganar con continuar.
A mi me hizo pensar que, muchas veces en terapia, terminamos algo importante y enseguida pensamos en lo siguiente que falta por hacer. Atravesamos una etapa difícil y apenas nos damos tiempo para reconocer que algo ha cambiado.
A veces tengo la sensación de que vivimos así: siempre empujando hacia lo siguiente. Llegamos a un lugar y ya estamos haciendo fuerza para llegar a otro. Incluso cuando estamos cansados, seguimos hacia delante, sin apenas detenernos en dónde estamos. Y quizá parte de ese cansancio tenga que ver también con esto: que no solo nos cansan las cosas que vivimos, sino también no darnos tiempo para vivirlas.
En Terapia Gestalt hablamos de asimilar nuestras experiencias. No basta con que algo nos suceda. Necesitamos tiempo para hacerlo nuestro, para que lo vivido encuentre un lugar en nosotros. Pero no siempre es fácil encontrar ese tiempo. Vivimos en un entorno que nos empuja rápidamente de una cosa a la siguiente, en el que parece haber poco espacio para las pérdidas y en el que incluso le pedimos al sufrimiento que sirva para algo enseguida. «Esto me hará mejor», nos decimos a veces, cuando todavía no hemos podido sentir cuánto nos ha dolido.
Quizá no se trate de salir mejor o peor de lo que nos ocurre, como si estar mejor significara que las cosas no nos afectaran. A veces necesitamos precisamente lo contrario: reconocer cuánto nos han afectado para poder asimilar la experiencia.
Según escribió Isak Dinesen, y que luego recuperó en una frase Hannah Arendt en La condición humana, «todas las penas pueden soportarse si las ponemos en una historia o contamos una historia sobre ellas».
Y quizá la clave sea que asimilar una experiencia también tiene que ver con poder narrarla y ponerla en común. Cuando encontramos palabras para contar a alguien lo que nos ha pasado, podemos detenernos en ello, darle una forma y reconocer qué ha significado para nosotros. Poder narrarlo no cambia lo que ocurrió, pero puede cambiar nuestra relación con ello: nos permite reconocer y compartir tanto aquello que nos ha hecho bien como lo que nos ha dolido, darle un lugar en nuestra historia y hacerlo nuestro. Y lo que hemos podido hacer nuestro puede convertirse, a su vez, en un apoyo para las experiencias que vendrán después.
Cuando no encontramos ese tiempo, ni para contar aquello que nos hace sentir bien, ni para reconocer lo que hemos conseguido, ni para celebrar nuestras victorias, podemos quedarnos con una extraña sensación de vacío o de insuficiencia: como si nada terminara de ser suficiente y siempre hiciera falta algo más.
Quizá por eso necesitamos espacios en los que poder detenernos, compartir lo vivido y dejar que las experiencias se vayan sedimentando. La terapia puede ser uno de esos lugares, pero ojalá no sea el único: también puede ser una conversación, una amistad o un encuentro en el que haya tiempo para contar.
Sin embargo, no siempre es fácil encontrar esos espacios. Muchas personas que acuden a consulta cuentan que han dejado de hablar de lo que les ocurre para no escuchar una vez más que tienen que pasar página, seguir adelante o mirar el lado positivo. A veces, con la mejor de las intenciones, tenemos demasiada prisa por que la otra persona esté bien. Quizá mirar hacia delante pueda llegar después.
Y algo parecido puede ocurrir cuando las cosas nos han ido bien. Conseguimos algo que deseábamos y enseguida aparece la pregunta: «¿Y ahora qué?». Como si incluso aquello que hemos esperado durante mucho tiempo tuviera que convertirse inmediatamente en el punto de partida de algo nuevo. Quizá no haga falta responderla tan rápido. Podemos detenernos. Contarlo. Reconocer lo que ha supuesto llegar hasta ahí. Y celebrar.
Porque ganar, como decía Jabois, no siempre significa seguir.






