El sendero elegido

Cómo la terapia nos ayuda a salir del piloto automático y abrir nuevas formas de vivir.

Hace unos días, conversando con un paciente sobre el tiempo que llevábamos trabajando juntos, apareció una imagen. Esa imagen nos ayudó a nombrar, de forma metafórica, cómo suceden los cambios. También nos ayudó a nombrar que es habitual volver a formas conocidas. Incluso cuando ya no queremos seguir repitiéndolas.

Hablábamos de los cambios que había experimentado desde que empezó terapia. De aquello que seguía repitiéndose. Y también de lo que, poco a poco, había comenzado a transformarse. En esa conversación se hizo evidente que la psicoterapia no siempre elimina de inmediato los viejos patrones. Pero sí puede abrir nuevas posibilidades para vivir, sentir y elegir.

Muchas veces, a lo largo de la vida, vamos construyendo formas bastante fijas de responder, de actuar y de relacionarnos. Son patrones conocidos. Maneras de funcionar que se repiten casi sin que nos demos cuenta. En su momento, seguramente tuvieron una función importante. Nos ayudaron a adaptarnos, a protegernos o a sostenernos en situaciones concretas. Nuestro malestar aparece cuando esas formas se rigidifican y empiezan a activarse desde el automatismo, no desde una elección consciente.

Entonces, aunque en el presente queramos hacer algo diferente, muchas veces sentimos que no podemos. Lo conocido se pone en marcha muy rápido. Reaccionamos como tantas otras veces. Incluso cuando esa respuesta ya no nos resulta útil, o ya no encaja con la situación actual. Y eso suele generar frustración, porque una parte de nosotras desea cambiar. Pero, por otra parte, seguimos recorriendo el camino de siempre.

Una de las cosas que trabajamos en psicoterapia es precisamente ampliar las posibilidades. Se trata de ir generando otras formas de estar, de sentir y de responder. Formas que nos resulten más ajustadas, más satisfactorias y más libres.

Este día mi paciente me contaba que algo dentro de él era distinto. Antes vivía sus estados emocionales de una manera muy polarizada, pasando con brusquedad de un extremo a otro. Mientras que ahora podía reconocer muchos más matices en su experiencia. También me decía, con cierto reparo, que esto no sucedía siempre, y que a veces se descubre entrando de nuevo en su modalidad antigua. Pero al pensarlo juntos, vimos que había una diferencia fundamental. Y es que ahora podía darse cuenta. Relativizar. Y, muchas veces, no quedar tan tomado por ese funcionamiento automático.

Para hablar de esto, fuimos construyendo una metáfora que nos ayudó a poner una imagen a lo que estaba pasando. A medida que conversábamos, apareció la idea de que esas tendencias antiguas se parecen a la pista ancha que encontramos en algunas rutas de senderismo. Es firme. Visible. Fácil de localizar. Y fácil de transitar. Nuestro cuerpo y nuestra mente la reconocen enseguida. Por eso es tan fácil terminar caminando por ella. Las nuevas formas, en cambio, se parecen más a esas sendas estrechas que se van abriendo en la montaña. Al principio tienen más irregularidades. Quizá algo de maleza. Y no resultan tan evidentes ni tan cómodas.

Sin embargo, a medida que las vamos pisando, esas sendas empiezan a hacerse más visibles y transitables. La maleza se aparta. El camino se abre. Y cada vez resulta más fácil reconocerlo y volver a elegirlo.

Claro que nos puede pasar que, sin darnos cuenta, nos encontremos otra vez caminando por la pista ancha. Pero con el tiempo también será más fácil ver el sendero alternativo. Y retomar esa dirección.

Probablemente descubramos que por ahí el paseo es más agradable. Hay más riqueza. Más matices. Más sorpresa. Más vida. De esto se trata también la terapia. De no quedar condenadas a recorrer siempre el mismo camino. Y de ir abriendo otros que se parezcan más a quienes somos hoy. Y a cómo queremos vivir.

Publicaciones

Psicoterapeutas

Centros