Desde que trabajo como psicóloga, recibo con frecuencia mensajes de amigos, familiares y gente cercana con la misma pregunta: “¿Conoces a alguien con quien pueda iniciar terapia?”, “¿A quién me recomendarías?”, “necesito ayuda y no sé por dónde empezar”. Detrás de esas frases suele haber algo muy humano: el deseo de acertar y encontrar un lugar seguro.
Al leer esas peticiones, percibo algo en común, cuando buscamos terapeuta, solemos intentar hilar muy fino. A menudo son solicitudes de especialistas en adicción y pareja, en duelo infantil, en apego o, quizá, de profesionales que trabajen con adultos con TDAH y trauma.
Si estás en esa búsqueda, te entiendo: en ese momento necesitamos suelo. A alguien que “sepa específicamente de lo mío”, que haya estudiado ese tema y haya acompañado a otras personas en procesos parecidos. Y creo que en esa búsqueda del experto existe una necesidad legítima de garantías. Buscamos que, en medio del sufrimiento, la otra persona sepa de qué habla y pueda ofrecernos alivio.
Tiene sentido, porque empezar un proceso terapéutico puede ser difícil y costoso, y queremos acertar al elegir a quien nos acompañe.
Aun así, creo que en esa elección hay otras cuestiones igual de importantes, por eso me gustaría ampliar la mirada más allá de la especialización.
Para mí, lo aconsejable no es considerar únicamente la formación específica, porque en terapia trabajamos con la experiencia completa de las personas, no sólo con “temas”.
En psicoterapia intervienen factores esenciales como la calidad del encuentro y la relación que estableces con quien te acompaña: cómo te sientes con esa persona y también con el enfoque desde el que trabaja.
En mi práctica hay algo que se repite con frecuencia: hay personas que dudan de si podré ayudarles cuando descubren que tengo una especialización en psicología perinatal, y otras que me buscan precisamente por eso. Algunas me cuentan que al principio dudaron en contactarme al leer mi formación, incluso cuando venían recomendadas por alguien de confianza. Y también hay quienes me eligen porque atraviesan un proceso emocional o un duelo ligado a la maternidad o a la paternidad.
Además de mi formación en psicología, trabajo desde una perspectiva gestáltica. En Gestalt, el punto de partida no es “el problema” como etiqueta, sino tu experiencia viva: cómo estás, qué sientes, qué necesitas, qué ocurre en tu cuerpo, cómo te vinculas, qué aparece en el encuentro.
Y hay algo que he podido comprobar, con frecuencia, la demanda inicial cambia de rumbo. Puedo empezar a acompañar a alguien con ansiedad y que, a mitad de camino, aparezca un duelo inesperado. Puedo acompañar a una mujer en su búsqueda de embarazo y que, de pronto, el foco se desplace porque comienza a vivir acoso laboral. Puedo recibir a alguien sumido en la soledad o en la desilusión vincular y que, un día, reciba el diagnóstico de una enfermedad crónica. No significa que estemos “saltando de tema”: significa que la vida se mueve, irrumpen asuntos y cambia la dirección. Un proceso terapéutico necesita poder acompañar ese movimiento.
No me gustaría que esta opinión se entendiera como una desacreditación de las especialidades. Al contrario: valoro profundamente lo que mi formación y experiencia en el ámbito perinatal me aportan. Me ofrecen un conocimiento más fino sobre ciertos procesos, una sensibilidad particular hacia formas de sufrimiento que podrían pasar más desapercibidas sin ese recorrido, y un lenguaje que me permite comprender y cuidar con mayor precisión algunas situaciones. Para mí, la especialización es una lente: amplía la mirada, pero no la convierte en un túnel.
Así que creo que para elegir terapeuta, también puede resultar de ayuda distinguir especialidad del modelo teórico y su método. La especialización suele referirse a una etapa vital, a una población o a un conjunto de problemáticas (perinatal, trauma, adicciones, infancia, pareja…).
En cambio, el modelo -junto a su método y técnicas- tiene que ver con cómo comprendemos el sufrimiento, desde dónde escuchamos, cómo sostenemos el vínculo, qué hacemos cuando aparece lo inesperado, qué lugar ocupa el cuerpo, el contexto y cómo se construye el cambio.
En terapia, muchas veces lo que realmente sostiene es el enfoque: la coherencia interna de una forma de mirar y de estar y una ética de trabajo. La manera de acompañar permanece cuando el “tema” cambia o cuando la vida trae algo que no estaba en el guión. Por eso, a veces una persona muy especializada en un área puede no ser la mejor compañía si su forma de estar no encaja contigo; y, al revés, un terapeuta sin “la etiqueta exacta” puede ser muy útil si su enfoque permite sostenerte con profundidad y flexibilidad.
Por eso, además de preguntar por especialización, puede ser valioso preguntarnos si sintonizamos con el enfoque del terapeuta y su estilo, si nos sentimos comprendidas, si hay confianza y seguridad. Porque, por muy claro que parezca el motivo de consulta, durante el proceso pueden surgir otros asuntos.
Si alguien inicia terapia conmigo por un deseo de ser madre y, de pronto, aparece un conflicto laboral que la desborda, el eje de trabajo se desplaza, aunque sea temporalmente. La cuestión es si puedo sostener ese cambio y seguir sirviendo, sin minimizar el giro ni devolverle a “lo que se suponía” que venía a trabajar.
Para mí, lo importante es encontrar un espacio donde puedas existir: un lugar donde tu historia no se reduzca a un tema, y donde lo que vaya emergiendo -lo que cambie, lo que duela, lo que se abra- pueda ser mirado con respeto.
Porque, al final, no se trata de que tu vida se adapte a una especialización. Se trata de encontrar un acompañamiento que pueda recibir la vida tal como viene.
Si quieres saber más sobre esta forma de acompañar, puedes leer el artículo de la web “Qué es y en qué consiste la Terapia Gestalt” para comprender mejor en qué se fundamenta y cómo se trabaja desde este enfoque.”







