Ordenadores aislados, personas aisladas
Creo que es interesante pararnos a pensar qué idea teníamos de los ordenadores hace 15 o 20 años. Los temarios de las Facultades de Informática, por ejemplo, describían una tecnología en la que, básicamente, cada ordenador era un aparato aislado. Tenía sus circuitos, sus programas, algunos dispositivos con los que se comunicaba, como discos duros para almacenar datos o pantallas para mostrarlos, pero un ordenador era un sistema aislado y autocontenido en el que, más o menos, todos los elementos en juego estaban bajo control.
Un informático podía saber qué pasaba en un ordenador, o al menos intentarlo, porque prácticamente tenía toda la información necesaria dentro de la carcasa. Pocas cosas pasaban a la vez: después de una cosa iba otra. Es lo que se llama causalidad lineal. Después de una cosa, otra. Una causa, un efecto, una causa, un efecto. Ni siquiera los programas que parecen ejecutarse a la vez en el mismo ordenador lo hacen de verdad: los sistemas operativos se encargan de ejecutar primero uno de ellos, durante unos milisegundos, luego otro, luego otro, hasta volver al primero. Esto nos da la sensación de que van todos a la vez, pero no es cierto.
Hay una manera de pensar muy extendida que contempla a las personas de una manera muy parecida, como si fueran ordenadores de hace 20 años. Según esta mentalidad las personas somos sistemas más o menos aislados. Dicho de otro modo: cada uno es como es, y cómo es cada uno depende de cada uno, y no de los demás. Esta forma de pensar hace que tratemos los problema de las personas como algo “interno” a ellas: si estoy deprimido, es que algo me pasa “por dentro”; si tengo mucha ansiedad, algo me pasa “por dentro”; si me cuesta mucho relacionarme con las personas, algo me pasa “por dentro”; si un niño no se concentra en clase, o se hace pis en la cama, o se quiere escapar de casa, algo le pasa “por dentro”. Esta manera de ver las cosas nos hace pensar que los problemas relacionados con las emociones, con el estado de ánimo, con la concentración… es decir, con las cuestiones que llamamos “psicológicas”, son problemas que están “dentro” de nosotros, de la misma manera que llevamos dentro un virus o sufrimos una rotura de un hueso.
Esta mentalidad también tiende a pensar que las personas funcionan con causalidad lineal: es decir, “si me pasa esto es por esto otro”. Intentamos encontrar explicaciones respondiendo a la pregunta “¿por qué?” ¿Por qué me pasa esto? ¡Ha de haber una razón que lo explique! Y a ser posible sólo una. Si estoy deprimido es porque no salgo lo suficiente; si saliera se me pasaría. Si un niño coge una rabieta es porque es un egoista y quiere tiranizar a su familia; si se le frustra sistemáticamente se le pasarán las rabietas. Si tengo mucha ansiedad es porque tengo mucho estrés; si reduzco mi estrés bajará mi ansiedad. Si mi matrimonio no funciona bien es porque mi pareja hace cosas que no me gustan; si deja de hacerlas todo volverá a funcionar.
Ordenadores en red, personas en red
Pensemos ahora por un momento cómo son los ordenadores de hoy en día. Evidentemente, en gran medida lo que he descrito antes sigue siendo así. Los ordenadores siguen siendo máquinas bastante lineales y muchos de los procesos que tienen lugar en ellos, sobre todo los más básicos, se pueden entender “mirando” dentro de la caja. Sin embargo, estamos asistiendo a una explosión de lo que muchos llaman conectividad. Hoy, si queremos entender cómo es un ordenador, no podemos pensar en él como una máquina aislada, como hacíamos 15 años. Ahora los ordenadores están conectados en red y muchos de sus programas están pensados para funcionar haciendo uso de la red.
Tomemos, por ejemplo, las bases de datos, los grandes almacenes de información donde se guarda, entre otras cosas, casi todo lo que vemos a través de internet. Hoy en día los programas de ordenador que gestionan las bases de datos han de tener en cuenta que puede haber muchos ordenadores solicitando y modificando datos en una base simultáneamente, a través de conexiones por internet (o de otros tipos). Y no solo eso: hay bases de datos en las que los propios datos están almacenados en varios ordenadores simultáneamente, de manera que si alguno de ellos “cae” (se rompe, se desconecta por un accidente, lo que sea) la información que guardaba se puede recuperar a partir de los otros. Entre ellos se pasan la información, la multiplican, guardan las versiones antiguas, etc. No puedes saber qué datos hay en una base de datos si solamente miras en uno de estos ordenadores. Hay que mirar con qué otros ordenadores está conectado.
Muchas cosas pasan a la vez gracias a la red. Mientras escribo estas líneas en mi ordenador es posible que algunos de los programas que tengo en marcha estén buscando actualizaciones sin que yo me dé cuenta, incluso que las estén instalando y, por tanto, estén cambiando la manera de funcionar de mi ordenador. Es posible que mi navegador esté enviando información a otros ordenadores, por ejemplo a los de Google, y que esta información produzca cambios la próxima vez que yo utilice los servicios de Google, por ejemplo en la publicidad que se me muestra. Es posible que mi ordenador esté recibiendo “paquetes” de datos en tránsito, que vienen de otro lugar y van a otro lugar, pero que pasan a través de él sin afectarle. Es posible que la página de un periódico online que tengo abierta en segundo plano esté solicitando las últimas noticias para podérmelas mostrar cuando vuelva a mirarlo, o que mi ordenador esté detectando un dispositivo móvil que ha pasado cerca, o que esté informando a otro ordenador de dónde está ubicado físicamente para, por ejemplo, mostrarme en un mapa dónde me encuentro ahora mismo.
En suma ¡la cosa se complica! No podemos entender qué pasa dentro de un ordenador si no tenemos en cuenta la red a la que está conectado. Pensar en un ordenador aislado cada vez tiene menos sentido. Por eso creo que, puestos a usar el símil de que las personas somos como ordenadores, es algo más ajustado el símil de que somos, en todo caso, como ordenadores conectados a internet.
Porque con las personas pasa algo parecido a los que pasa con los ordenadores conectados en red. La mentalidad que he descrito antes, la que ve a las personas como seres aislados, es simple y fácil de aplicar, pero no explica nada bien cómo somos, pues ni somos sencillos, ni estamos aislados. No podemos entender a una persona sin tener en cuenta que está “conectada en red”. Quizá podemos entender los aspectos más básicos de su organismo: la fisiología, la anatomía, algunas conductas. Pero poco más. Si queremos entender cómo se relaciona una persona con su entorno, con las personas que tiene a su alrededor, tenemos que tener en cuenta que está en conexión con ellas. Están “en red”.
Con esto no quiero decir únicamente que las personas nos comunicamos unas con otras. Por supuesto que esto es así, pero me refiero a algo que va más allá que eso. No es solo que nos pasamos información mutuamente, como quien intercambia una mercancía. En ese intercambio, nos modificamos los unos a los otros. Las otras personas nos influyen, nos cambian. Las personas somos en función de los demás, nos construimos en función de los demás. La propia comunicación, el intercambio, es lo que nos hace ser quienes somos.
La metáfora del ordenador nos puede ayudar a ilustrar esto. Recordemos: los ordenadores modernos son capaces de conectarse por red, descargar programas nuevos, incluso un sistema operativo nuevo, y actualizarse. Las personas también lo hacemos. Nos “descargamos programas” de los demás, la mayor parte de veces sin darnos cuenta. Lo hacemos desde niños y durante toda la vida. Con ellos funcionamos y con ellos nos definimos. Aprendemos de los demás cómo hacer las cosas, qué es más importante y qué es menos, qué podemos esperar de los otros. Aprendemos cómo somos nosotros por lo que nos demás nos devuelven: ¿soy “bueno”? ¿soy “agradable”? ¿soy “cabezota”? No se puede entender quién soy yo sin la historia de mis relaciones: de dónde vengo, quién me ha criado, con qué ideas, con qué expectativas hacia mí, en qué cultura, con qué valores, con qué experiencias.
Y aún así, no es solo una cuestión de cuál es mi historia. De la misma manera que no podemos saber qué hace un ordenador en un momento dado si no tenemos en cuenta todas sus conexiones, no se puede entender quién estoy siendo yo aquí y ahora, en este momento, sin entender qué me está pasando ahora: en qué situación estoy, cuál es mi contexto. En particular, es muy importante tener en cuenta con quién estoy conectado y cómo es esa conexión. No digo ni hago lo mismo, no elijo las mismas palabras, no uso el mismo tono de voz, en todo momento y toda situación. Depende de con quién estoy y de cómo me siento con esa o esas personas. Es más, depende incluso de relaciones que no están presentes en un momento dado: puedo estar hablando de algo o haciendo algo mientras tengo en mente a una persona, aunque no lo diga y los demás no lo sepan. Esa relación estará influyendo en mi forma de estar en ese momento. Puedo no estar dándome ni cuenta de esto: ya no suelo pensar en mi abuela, que falleció hace años, pero cuando veo ciertas señoras mayores, vestidas de cierta manera y con cierto tono de voz, algo me conmueve de una manera especial. Mi abuela sigue estando presente en mí, es una de mis conexiones.
Más capítulos de esta serie:
- ¿Somos ordenadores conectados en red?
- Estamos en relación: el ordenador conectado a internet
- Psicología, Psiquiatría, Neurología: El software y el hardware
- La ansiedad: cuando el sistema se sobrecarga
- La depresión: cuando el sistema se para
- Cómo aprendemos: la instalación del software
- Los viejos patrones: el software obsoleto
- Las historias inconclusas: cuando el software se cuelga
- Las somatizaciones: cuando el software afecta al hardware
- Cuando ambos esperan que empiece el otro: el interbloqueo

{ 1 comentario… léelo abajo oañade uno }
Tengamos una tendencia de facto mono o multiusuario, desde mi perspectiva, es genial poder mejorar como persona gracias al aumento de conocimiento tras conexiones interpersonales.
De hecho más de una vez, por ejemplo, he mejorado mi punto de vista sobre algunas interpretaciones cotidianas gracias a la actitud que absorbí de un profesor que tuve en la facultad.
Por si lo lee, que todo es posible, gracias.