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Reflexiones sobre la Función Personalidad

Publicado el 08 Jul 2015 0 Comentarios
Imagen de Eva Maurí
SOBRE LA AUTORA/EL AUTOR

Eva Maurí Cresencio
Psicóloga y psicoterapeuta Gestalt. Atención en Oliva y L'Alcúdia de Crespins

Cómo actuamos determina, en cierta manera, quiénes somos. Todo esto viene condicionado por lo que nos envuelve, nuestra historia, la gente que nos rodea, las experiencias pasadas... Así, nuestra Función Personalidad no nos es dada, sino contruida día a día y, por tanto, modificable a cada instante.

Lo que me decidió a hablar sobre la Función Personalidad fue darme cuenta de cómo es capaz de “pringarlo” todo, y digo pringarlo en el sentido de impregnar, de estar presente en todo.

Mi conclusión ha sido que se deberá a que es  la réplica verbal del Self, como en su día dije “la experiencia puesta en palabras”.

Y justo la misma razón que me lleva a escribir sobre esto, es la que me dificulta hacerlo. Me doy cuenta de cuan complicado me resulta ahora hablar abstrayendo, de limitarme sólo a la F. personalidad y esforzarme por dejar de lado todo lo que he aprendido sobre la Tª del Self. Aun así, me decido a correr el riesgo.

 Mi idea de esta exposición es conseguir dar una visión general de qué es y cómo se construye esta función, así que empezaré dándoos unas definiciones de “personalidad”.

PERSONALIDAD: Son aquellos patrones de conducta, pensamientos y sentimientos, únicos y relativamente estables en la persona. Cualidades socialmente condicionadas e individualmente expresadas: intelectuales, emocionales y volitivas, de esto se deduce que no puede tener componentes innatos. En psicología son estas peculiaridades individuales que forman propiedades psicológicas de la persona. El cambio de los estados psicológicos es constante pero la personalidad permanece relativamente estable.
Conjunto de características biológicas, psicológicas y sociales que determinan la forma de ser, pensar y actuar de un individuo. 
Estructura psíquica de cada individuo, la forma como se revela por su modo de pensar y expresarse, en sus actitudes e intereses y en sus actos. Son patrones duraderos de percibir, relacionarse y pensar acerca del ambiente y de uno mismo. Los rasgos de personalidad son aspectos prominentes que se manifiestan en una amplia gama de contextos sociales y personales importantes. Los rasgos de personalidad sólo constituyen un trastorno de personalidad cuando 
son inflexibles y desadaptativos y provocan malestar subjetivo o déficit funcional significativo. 
Organización relativamente estable de aquellas características estructurales y funcionales, innatas y adquiridas bajo las especiales condiciones de su desarrollo, que conforman el equipo peculiar y definitorio de conducta con que cada individuo afronta las distintas situaciones. (Diccionario de psicología)

 Personalmente, me llama sorprendentemente la atención la frase “Cualidades socialmente condicionadas e individualmente expresadas”, pues no esperaba encontrar nada  que la relacionase con la sociedad.

Darme cuenta de esto en su día ya me planteó dudas y enfadarme, literalmente, con cierto sector de entorno.

¿Qué significa “cualidades socialmente condicionadas”? Me pregunto una y otra vez al releer esta definición… Hay algo en esto que me atrapa, y, en cierto modo me inquieta.

Escucho a conocidos y pacientes la frase “Siempre he sido así y ahora no voy a cambiar con X años que tengo”. Cuando oigo esto entiendo que ellos creen que nacen así, que nacemos programados para ser de una determinada manera y que poco o nada tiene que ver las experiencias vividas. Y, de hecho, era lo que esperaba encontrar, una definición que hablase de lo innato que es la personalidad, o, en su defecto, algo que viniese a corroborar la idea común que se tiene de ella.

Algo que me ha dado la formación en Terapia Gestalt es conocer cómo he llegado a ser quien soy, qué ha pasado en mi vida y qué sigue pasando. Hoy sé que soy quien soy gracias a todo lo que se ha cruzado en mi vida, a cada persona, a cada experiencia. Y, con esto, me queda probado que si las circunstancias fuesen otras, yo sería otra.

Y el darme cuenta de esto, el  detenerme y  volver la vista atrás,  me ha dado la posibilidad de reformular el significado que extraje de lo vivido, el sacar a la luz mis representaciones y ponerlas a prueba, a debate socrático, para descubrir con qué facilidad sacamos representaciones de un hecho en particular para extenderlo a la vida en general, limitando la posibilidad de que suceda de otra manera.

Es cierto que el poder sacar conclusiones nos ayuda a afrontarlas en un futuro, pero creo que muchas veces confundimos términos. Que nos ayude a afrontar no significa que no pueda haber otra manera, que no siempre va a pasar lo mismo… y esto, me hace ser sensible a cómo nos condicionamos, a cómo nos limitamos y hacemos perenne  lo que puede o es caduco.

Ahora recuerdo y puedo entender mejor las palabras de Jean-Marie Robine cuando nos decía que cada experiencia era nueva, que era necesario verlo con esos ojos, para no caer en la rutina, en la automatización de la respuesta… ¿en una F.personalidad rígida?

Llegados a este punto, no me queda más que repetir, otra vez, la frase con la que terminé mi trabajo del taller de esta función:

“Yo soy el resultado del significado que le otorgo a mi experiencia. Por tanto, cuando cambie el significado de situaciones vividas, cambiará mi manera de ver y hacer con el mundo. Mientras no me plantee que las cosas pueden ser de otra y mil maneras diferentes, yo seguiré siendo igual, la misma, alguien fijado en el tiempo.”

Volviendo a la frase harto escuchada “Soy así y ahora no voy a cambiar…” sucede algo curioso, en relación a “las cualidades socialmente condicionadas”. Si la persona que pronuncia o piensa así, con suerte, llega a darse cuenta de que esto no es tan rígido, entender que podemos cambiar a cada experiencia, que algo cambia, que ellos no son los mismos una vez revisada su vida, como actualizada, se encuentran con el problema que los demás les siguen tratando como la “antigua” persona que era. Y entonces se preguntan, como me pregunté yo en su día, por qué la gente les sigue tratando o actuando con ellos de determinada manera si las cosas para ellos ya no funcionan así.

Curiosamente, este jueves fue uno de los temas que traté con una paciente, y mientras la escuchaba hablar me vino una posible repuesta. Las personas tendemos a buscar la estabilidad, el control o la predicción sobre aquello que nos rodea, por lo que nos es más fácil descartar aquello que no cuadra con nuestra representación de la realidad y a sumar aquello que la confirma. Por tanto, es más cómodo, más fácil para cierta parte del entorno omitir o no tener en cuenta respuestas que no confirman su creencia sobre nosotros. Tan solo haciendo “perdurable” el cambio, se acaba convirtiendo en “rutina” y substituye una por otra. En este sentido creo que el entorno debe constatar primero que el cambio es realmente duradero, no algo pasajero, solo así vuelve a ejercer cierta sensación de control, de conocido, familiar y, por tanto, manejable.

André Jacques con su propuesta de definición de la personalidad que, creo, ayuda bastante a entender esto, me ayudó a empezar a dar respuestas, o a vislumbrarlas, pues aún hoy sigo asimilando. Según este autor, hay tres maneras de definir a la personalidad:

1.      Personalidad aparente: es aquello que se le aparece de nosotros a un observador imparcial, lo que diría de nosotros, la impresión que le hemos causado, cómo nos percibe él, sea esa nuestra intención o no. Es decir, que no necesariamente coincide lo que el otro ve con lo que nosotros queríamos mostrar. Esta definición guarda relación con las definiciones de diccionario en el sentido de durabilidad. Tendemos a hacer fija la primera impresión que nos creamos de alguien y permanece fija a menos que nos sorprenda radicalmente.

2.    “Representación” o “Autoconcepto”: si aquí entendemos personalidad como el sistema de actitudes asumido en las relaciones interpersonales, el autoconcepto es lo que sirve de base a partir de la cual se puede explicar el propio comportamiento. Aquí se encontraría la imagen que yo tengo de mí mismo, mis competencias e incompetencias, gustos, valores morales…y que no tiene por qué ser verdadera, ajustada a la realidad. Hablaríamos de la opinión que yo tengo de mí mismo, de quién creo que soy, pero no necesariamente tendría que coincidir con quién soy en realidad. ¿A qué es debido que mi autoconcepto no sea ajustado? Me hace pensar en una función personalidad rígida, en introyectos, lealtades…que no se actualizan, que viven ancladas en experiencias pasadas que le impiden ver o hacer de nuevo algo y experimentar que uno ya no es el que era, que ha cambiado y que puede hacer de otra manera. Si hablamos de una persona sana, la representación que se tiene de sí mismo está abierta al cambio, a revisarse.

3. Personalidad anunciada: la experiencia puesta en palabras, mi autoconcepto puesto en palabras o hechos. La forma en cómo nos expresamos dice mucho de nosotros, de cómo somos… aquí me refiero al habla espontánea, que sería en donde la función personalidad saldría a relucir tal como es, incluyendo el habla verbal y no-verbal. Cómo nos presentamos ante el otro sin hablar de cómo somos. Ejemplo: elección del objeto metafórico.

Lo que a mi parecer es más importante o relevante de la Función Personalidad es que se trata de la depositaria de la experiencia. Que es aquí donde queda guardado el significado que nosotros extraemos de cada vivencia y, por tanto, en lo que nos vamos a basar cada vez que aparezca ante nosotros una situación que se parezca o nos recuerde a una ya vivida.

 Pienso en la función personalidad como en la encargada de nuestra construcción como seres sociales, seres en relación. Nos va dibujando con cada experiencia y va formando la silueta de quienes somos.

Y siento una gran curiosidad sobre cómo pasa para que la persona deje de asimilar experiencias, cómo pasa para quedarse atascado en una imagen de si mismo que no se corresponde a la realidad, o que asume por definitiva.

Fantaseo con una imagen… es como si la Función Personalidad fuese la impresora de nuestra foto, nuestro dibujo de persona, y que a cada experiencia vivida ella imprime una línea en horizontal. Y así, poco a poco, con cada experiencia se va dibujando nuestra persona, un dibujo que está constantemente evolucionando.

Esta sería la imagen de una persona sana…

Pero todos aquí sabemos que esto no ocurre, NUNCA. Que vivimos experiencias a las que les hacemos frente de la mejor manera que podemos, y no siempre esta es la mejor de las opciones, sino la posible para nosotros. Así que acabamos, la mayoría, atrapados en la neurosis.

 

¿Cómo se traduce esto en nuestro dibujo?

Cuando la F. Personalidad imprime la línea de una experiencia que no se ha resuelto satisfactoriamente, se produce como un borrón. Imagino como una línea en blanco fina, pero suficiente para que nos haga creer que a partir de ahí todo está en blanco, que nos impide ver lo que ha pasado más arriba o qué hay más abajo.

Tengo una imagen que para mí es bastante gráfica, sería como si a la altura del tobillo izquierdo nos apareciese esa línea en blanco que nos impide ver si hay algo más arriba, si la pantorrilla se dibuja. Entonces asumimos que nos falta una pierna, que somos cojos, y, por tanto, no podemos correr, o conducir…no podemos hacer todo aquello que precisa de nuestra pierna izquierda, y como no podemos, no lo hacemos. De esta manera, validamos una y otra vez que “no puedo”, coartando la libertad de elección de la Función Yo.

Y así será hasta que nos detengamos a mirar qué ha pasado en ese renglón, cómo ha pasado y experimentemos que hay otras maneras de hacer que resuelven mejor la situación, y, así, permitamos  que nuestra F. Personalidad revise esa zona, siendo entonces posible reconstruir de nuevo la pierna, introduciéndola de nuevo en el campo de posibilidades de la F. Yo.

Imagino esta línea en blanco y entonces, me es fácil sentirme inestable, sentir que me falta algo que soporte a las nuevas experiencias, que no hay nada que las sostenga. Y visto así, entiendo el proceso de no ser capaz de asimilar experiencias nuevas, de quedarse estancado en una imagen fija de mí mismo, de lo fácil que es derrumbar todo aquello que intente posarse por encima de.

Y es aquí donde cobra relevancia nuestra figura como terapeutas, en tener la capacidad de esperar, de ser pacientes para con el paciente,  en estar a su lado y proporcionarle experiencias, experimentos que le ayuden a cuestionarse, a poder alzar la vista un poco más, ampliar las posibilidades, desplegar esa zona blanca y ver que se puede construir de nuevo. Que hay tiempo, espacio y seguridad para reconstruir lo que pueda ser frágil, volverlo seguro, aunque no sea para siempre.

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