Últimamente me ha dado por escribir cartas, y le estoy cogiendo gustillo porque la verdad es que me sienta realmente bien. A mis padres, por ejemplo. La de mi madre sí que empecé con ánimo de enviársela, pero no me gustó cómo salió, no transmitía todo el amor que yo quería. Unos días más tarde volví a intentarlo y a mitad me cansé de “esforzarme”. Estuvo varios meses aparcada, hasta que hace unas pocas semanas sentí la necesidad de hacer lo mismo con un familiar muy lejano pero a la vez muy importante, aunque esta vez sólo quería escribir, sin necesidad de que llegara a leer. Y ahí sí que salió una carta mucho más espontánea y expresiva, una carta que me encanta porque supuso un descubrimiento muy importante para mí, una carta en la que realmente abrí mi corazón y salió un amor que pensé no existía. Claro que en enseguida me di cuenta de una cosa: ¡¡faltaba una carta para mi padre!! ¡¡¡Cómo se me aceleró el corazón al pensar en esta carta!!! Pero no lo dudé, presentía que era el momento justo – ahora o nunca, me dije -, y lo que salió también me sorprendió enormemente. Cosas novedosas, tremendamente impactantes. Entre otras vi que la responsabilidad de su sufrimiento recaía sobre él, no sobre mí como siempre había yo pensado. ¡¡Qué libre me hizo sentir eso, qué peso de encima me quité!! Vamos, que sin comerlo ni beberlo me salió de repente una trilogía de cartas que me ha cambiado la vida. No son cartas que piense enviar. Son cartas que me han servido para expresarme y dejarme llevar y sacar aquello que estaba más adentro y que no sabía que estaba ahí. No sé si tendrán algún sentido terapéutico, pero a mí me han resultado de lo más purificadores y pienso seguir haciéndolo.